Paradójicamente, una de las obras más redondas y representativas del espíritu y la filosofía que han llevado al estudio al éxito permanece aún hoy en segundo plano. Hablo por supuesto de Susurros del corazón, con guión de Miyazaki basado en un manga del mismo nombre y dirigida por el que fue durante mucho tiempo el tercer hombre de Ghibli, llamado a asumir el relevo de los dos maestros fundadores del estudio, el fallecido Yoshifumi Kondo.

Explicar qué me gusta de Susurros del corazón no es tarea fácil. A primera vista es una historia más de amor adolescente, pero al contrario que tantas otras no cae en la trampa del sentimentalismo falso y efectista, ni se acoge a los cargantes tópicos narrativos para acabar ofreciendo una moraleja que no significa nada, porque el espectador no ha conectado con ella. Es un pequeño cuento de hadas en un entorno cotidiano; humilde, sincero y entrañable.

Uno de los mayores aciertos de esta película es sin duda la caracterización de sus personajes. La protagonista, Shizuku, es una niña de catorce años, algo despistada, apasionada por los libros y las pequeñas cosas, con una imaginación tremenda que contrasta con su escasa dedicación a los estudios. Se relaciona con sus padres, su hermana y sus amigos, se plantea retos y cuestiona aspectos de su vida y de su futuro como una niña de catorce años. Es un personaje con los pies en la tierra, con el que todos hemos podido conectar en algún momento de nuestra vida. ¿Quién no ha sentido la necesidad de probarse, de encontrar el límite de sus posibilidades? ¿Quién no se ha enamorado como un idiota, poco a poco y sin siquiera darse cuenta, hasta que el ser amado se hace un hueco en su mente y va monopolizando sus pensamientos hasta el punto de rozar la obsesión? Susurros del corazón es un retrato inigualable de la adolescencia, esa etapa que sirve -o debería servir- para conocerse un poco más. Una obra sobre el primer amor, la vocación artística y la necesidad de definir la propia personalidad que deberían exhibir al menos una vez en todos los colegios e institutos.
Para colmo, en el apartado técnico es sencillamente fascinante. La banda sonora, obra de Yuji Nomi, es sencilla y resalta la emoción de cada escena. El tema principal es una versión de la canción Country Road de John Denver (¿Música country en un anime? ¿Pero qué?), que se adapta a la perfección y protagoniza la escena más mágica y entrañable de toda la película. La animación también destaca con unos fondos trabajadísimos (y en su mayoría inspirados en lugares reales) y una especial atención a los detalles y gestos cotidianos que a muchos pueden parecer innecesarios, pero forman parte de la humanidad de la obra y de los personajes. Kondo demuestra una madurez impresionante en la conjunción de todos esos elementos, que dejan boquiabierto para tratarse de una primera obra y hacen pensar en lo mucho que podría haber aportado a la animación si hubiera dispuesto de más oportunidades para demostrar su calidad.

Está disponible por aquí desde septiembre del año pasado, y debo decir que, como en la mayoría de obras de Ghibli, el trabajo de doblaje es excelente. Flojea un poco con Seiji (nada importante), pero las voces de Shizuku y la mayoría de personajes se adaptan muy bien a sus características. La recomiendo en su totalidad, para cualquier tipo de público, porque aunque no os interese la premisa ni hayáis sentido ningún impulso por adquirirla al leer estas líneas tan pobremente escritas, es una obra muy agradecida que difícilmente decepcionará. Una historia optimista, adorablemente ingenua, llena de ternura y buenas intenciones. Dirigida a adolescentes y preadolescentes, pero también a aquellos que ya han dejado atrás esa etapa de reivindicación de la apariencia, a los que ya no se sonrojan por emocionarse con un cuento de hadas. Maravillosa.










